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LA FRONTERA INVISIBLE DEL SÁHARA OCCIDENTAL

B.Lehdad

Hay una frontera que no aparece en los mapa No la dibuja la ONU, ni el muro de la vergüenza, ni las resoluciones del Consejo de Seguridad. Es una frontera interior. Y es la que el Frente Polisario no puede cruzar sin fracturarse.

Desde fuera, el conflicto del Sáhara Occidental se analiza como una ecuación diplomática, es decir: competencias, estatutos, seguridad, inversiones, reconocimiento internacional. Se habla de autonomía, de realismo, de correlación de fuerzas. Todo eso tiene lógica. Pero quien observe solo esa superficie no entenderá el núcleo del problema. Porqué el F.Polisario no es únicamente una organización política negociando margen de poder. Es el resultado de una promesa sostenida durante más de cincuenta años. Es la memoria de una invasión, de una ocupación, de una guerra, de un exilio, de mártires, de familias obligadas a vivir divididas, de generaciones que crecieron con la idea de que la espera tenía un sentido: decidir algún día su futuro.

Si un acuerdo elimina ese horizonte, aunque ofrezca estabilidad,desarrollo o amplias competencias administrativas, no sería interpretado comopragmatismo. Sería leído como renuncia. Y ahí empieza el riesgo real.

La generación histórica podría aceptar una etapa intermedia si se percibe como tránsito estratégico. Lo que difícilmente asumiría es que el destino final sea una autonomía cerrada bajo soberanía marroquí sin posibilidad de revisión. No después de medio siglo de sacrificio.

Pero el punto más delicado no está solo en quienes combatieron y murieron o siguen vivos. Está en los jóvenes. La mayoría nació después de 1991. No vivieron la guerra abierta, pero sí la espera. Han escuchado durante décadas las palabras “independencia”, “referéndum” como una promesa aplazada. Para ellos, la paciencia ya no es épica; es desgaste.

Si el liderazgo aceptara un acuerdo que consolide soberanía marroquí sin un mecanismo claro, irreversible y calendarizado que preserve el derecho a decidir, la fractura no vendría de Rabat ni de Washington. Vendría desde los campamentos y las zonas que ocupa Marruecos. Surgirían acusaciones de claudicación, corrientes más duras, pérdida de cohesión. El conflicto se desplazaría del territorio al interior del propio movimiento.

Y en ese punto entra Argelia.

Argelia no apoya al Polisario únicamente por afinidad ideológica. Lo hace también por equilibrio estratégico. Marruecos es su rival estructural en el Magreb. Un Sáhara plenamente integrado bajo soberanía marroquí consolidaría a Rabat como potencia atlántica con mayor proyección regional. Eso altera el balance. Por tanto, la posición argelina no es solo solidaridad; es geopolítica.

Mientras el Polisario mantenga firme la bandera de la autodeterminación, Argelia difícilmente abandonará esa posición. Tiene margen para resistir presiones. Es un actor energético clave para Europa, especialmente en el contexto posterior a la guerra de Ucrania. No depende militarmente de Estados Unidos. Y el respaldo a la causa saharaui forma parte de su discurso desde 1975. Ceder abiertamente tendría coste interno.

Sin embargo, Argelia mantendrá su firmeza mientras el Polisario mantenga cohesión y legitimidad interna. Si el movimiento se fragmentara o aceptara una fórmula que cierre definitivamente el horizonte de autodeterminación, Argelia recalibraría. No porque abandone principios de un día para otro, sino porque ningún Estado sostiene indefinidamente una posición estratégica que el propio actor principal ya no defiende. La clave, por tanto, no está solo en Rabat ni en Washington. Está en la línea invisible que sostiene al Polisario por dentro. Si esa línea se rompe, el tablero cambia.

Mañana, domingo 8 de febrero de 2026, se celebra en Madrid(culpable de todo mal) una reunión multilateral entre Marruecos, el Frente Polisario, con la presencia de Argelia y Mauritania, bajo la mediación de Estados Unidos. La presidencia corresponderá a Massad Boulos, enviado especial del presidente estadounidense para África, acompañado por otros representantes estadounidenses. El encuentro tendrá lugar en la Embajada de Estados Unidos, no en un edificio oficial español.

La elección del lugar tiene un significado claro; y es que Estados Unidos lidera el proceso. Su objetivo es definir la agenda y la estructura negociadora antes de exponerla públicamente.

La discreción estratégica evita que se filtren posiciones todavía no consensuadas y protege a las delegaciones de presiones externas.

Equilibrio de pesos diplomáticos. Aunque España es sede y facilitadora indirecta, el protagonismo recae en Washington, desplazando momentáneamente a la ONU como mediador visible.

El encuentro refleja un intento estadounidense de crear un nuevo impulso negociador, donde se puedan explorar fórmulas que reconcilien intereses divergentes: autonomía amplia defendida por Rabat, autodeterminación defendida por el Polisario y garantías estratégicas por Argelia.

Sin embargo, como muestra la historia del conflicto y la dinámica interna del Polisario, ningún acuerdo será sostenible si no incorpora un mecanismo verificable de autodeterminación, con calendario y garantías de cumplimiento. Si esto no ocurre, la reunión puede terminar reforzando la desconfianza y la tensión regional en lugar de reducirla.

La frontera invisible sigue siendo decisiva

La verdadera línea de ruptura del Frente Polisario no es técnica ni administrativa. No depende de quién controle el ejército o la economía. Depende de mantener vivo el derecho del pueblo saharaui a decidir su futuro, de no perder legitimidad histórica y cohesión interna, y de asegurar que Argelia pueda seguir respaldando la causa sin poner en riesgo su propia estabilidad.

Estados Unidos puede presionar, Marruecos puede insistir, la ONU puede vigilar. Pero la decisión final, aunque se negocie en Madrid, no se tomará en un despacho diplomático. Se tomará en los campamentos, en las conciencias de los saharauis, en la memoria de generaciones que esperan justicia. Mientras esa frontera invisible siga intacta, cualquier solución será posible. Si se rompe, todo se desploma.

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